Regalo de cumpleaños (Che)

“Aparte de en tu trabajo

en la cama pasa horas,

para que sean más cómodas

te cambiamos los colores.

 

Te llenamos el tocador

de potingues y pomadas

de diferentes fragancias

y de exóticos olores.

 

Son veintiocho veranos

no todos de sopa boba,

pero no tienes joroba

y eso es lo que ganamos.

 

¡No te preocupes, mocita,

vendrán tiempos mejores

y entre hurras y licores

celebrarás muchas citas.”


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Soneto LXVI (Pablo Neruda)

“No te quiero sino porque te quiero,
y de quererte a no quererte llego,
y de esperarte cuando no te espero,
pasa mi corazón del frío al fuego.Te quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.

Tal vez consumirá la luz de Enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.

En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego.”

Pequeño vals vienés (Federico García Lorca)

“En Viena hay diez muchachas,

un hombro donde solloza la muerte

y un bosque de palomas disecadas.

 

Hay un fragmento de la mañana

en el museo de la escarcha.

 

Hay un salón con mil ventanas.

 

¡Ay, ay, ay, ay!

 

Toma este vals con la boca cerrada.

 

Este vals, este vals, este vals, este vals,

de sí, de muerte y de coñac

que moja su cola en el mar.

 

Te quiero, te quiero, te quiero,

con la butaca y el libro muerto,

por el melancólico pasillo,

en el oscuro desván del lirio,

en nuestra cama de la luna

y en la danza que sueña la tortuga.

 

¡Ay, ay, ay, ay!

 

Toma este vals de quebrada cintura…

 

En Viena hay cuatro espejos

donde juegan tu boca y los ecos.

 

Hay una muerte para piano

que pinta de azul a los muchachos.

 

Hay mendigos por los tejados,

hay frescas guirnaldas de llanto.

 

Ay, ay, ay, ay!

 

Toma este vals que se muere en mis brazos.

 

Porque te quiero, te quiero, amor mío,

en el desván donde juegan los niños,

soñando viejas luces de Hungría

por los rumores de la tarde tibia,

viendo ovejas y lirios de nieve

por el silencio oscuro de tu frente.

 

¡Ay, ay, ay, ay!

 

Toma este vals, este vals del “Te quiero siempre”.

 

En Viena bailaré contigo

con un disfraz que tenga

cabeza de río.

 

¡Mira qué orillas tengo de jacintos!

 

Dejaré mi boca entre tus piernas,

mi alma en fotografías y azucenas,

y en las ondas oscuras de tu andar

quiero, amor mío, amor mío, dejar,

violín y sepulcro, las cintas del vals.”

 

Antes o después (David Bisbal)

“Hoy, precisamente hoy,
el pasado regresó.
Te vi y no fui capaz de decir nada.
Te vi, tal y como eras ayer
y me hiciste recordar todo lo que intentaba olvidar.
Sentí que el tiempo se paró y, sin permiso,
mi corazón dejó que entraras.
Y si el tiempo es de quién lo vive aprendamos la lección.
Hoy, precisamente hoy,
mi presente te encontró cuando menos lo esperaba.
Ya ves, tampoco yo cambié, ni te he olvidado.
Yo sé que antes o después continuaremos esta historia una vez más,
¿por cuánto tiempo?
No lo sé.
Pero será aunque dure lo que dura un vals.”

“A ti, Dios de los muertos”

A ti, Dios de los muertos,
donde quiera que estés.
A ti va mi clamor.
Como el fragor del trueno,
como el redoble hondo
de la ola que rompe,
como el gemir del viento.
Si tienes alma escucha,
allí donde te encuentres,
siquiera sea el eco
de la voz con que grito.
Escucha simplemente
el suspiro, el lamento,
la queja y el rugido
de tanta carne muerta
de tanto hediondo cuerpo.
Sembrada está la tierra
-honda macabramente-
de trigo humano yerto.
¡Oh Dios! ¿No oyes los gritos?
¿No llega hasta tu olfato
hedor de cementerio?.
Si tú hiciste las flores,
¿por qué humillas la carne
de los pálidos muertos?.
Si hiciste los crepúsculos,
¿por qué las calaveras
tienen los ojos huecos?
¿Dónde te escodes, Dios,
cuando el hombre que hiciste
se deshace en el cieno?.
¿Dónde cuando da asco?
¿Dónde cuando hecho tierra
es pisado en el suelo?
El hombre hecho a tu imagen,
cuando la muerte llega
queda tendido y quieto.
Lo que fue hermosa línea,
misteriosa belleza,
gracioso movimiento,
yace sobre una sábana,
convertido en “los restos”.
Entre salmodias tristes,
y entre lúgubres negros,
andando va el cortejo
hasta la fosa húmeda,
inconfortable y sola,
donde arrojan el cuerpo.
¡Oh Dios! ¿Dónde te ocultas
que no sientes congoja
llegado este momento?
¿Dónde vuelves los ojos
que no te llore el alma?.
¿Dónde escondes el cielo?.
Te grito por ellos,
por los miles y miles.
Te grito porque siento
toda la angustia cósmica,
la postración y el frío,
el pavoroso encierro,
la podredumbre hedionda,
la soledad, la ruina,
el horror, el silencio,
la nada y el olvido,
la incógnita tremenda
de millones de muertos.

“A mi manera” (Claude François)

“El fin,
que cerca está,
lo afrontaré serenamente.
Ya ves,
yo he sido así,
te lo diré sinceramente.
Viví la intensidad
y no encontré
jamás fronteras.
Si bien,
todo ello,
fue a mi manera.
Jamás viví un amor que,
para mí,
fuera importante.
Tomé sólo la flor,
y lo mejor,
de cada instante.
Viajé y disfruté
no sé si más que otro cualquiera.
Y así lo diré,
a mi manera.
Tal vez lloré.
Tal vez reí.
Tal vez gané.
tal vez perdí.
Y ahora sé que fui feliz.
Que si lloré también amé
y todo fue,
puedo decir,
a i manera.
Quizás yo desprecié
aquello que
no comprendía.
Quizás también dudé
cuando mejor me divertía.
Yo sé que si me fui afronté
ser como era
y así he de seguir,
a mi manera.
Porque sabrás
que alguien así
conocerás por su vivir.
No hay porque hablar,
ni qué decir,
ni hay que llorar,
ni hay que exigir,
pedo llegar hasta el final
a mi manera.”