Arrástrame al infierno

No sé qué me gustó más, si la película o la incredulidad de la pareja de amigos que estaba sentada en la sala tras de mí. Empezaron el visionado entre risas y murmullos, se pasaron a la voz alta mientras la prota denegaba el aplazamiento a la gitana, les mandé callar de manera rotunda mientras la prota entraba en el parking y ahí se acabó la cosa. No sé si lo que surgió efecto fue mi tono de voz y el gesto torvo o el festival de inmundicias, efectos sonoros, insertos efectistas, gags, etc… que desplegó Raimi. La película me gustó. Me supo a reencuentro. Fue como volver a ver a un amigo al que sin darte cuenta has echado mucho de menos. Tiene un poco de todo, planos homenaje, reinvenciones… Aunque tengo la sensación de que se contuvo. Me pareció notar que Raimi se lo pasó en grande mientras escribía, producía y rodaba este film, pero que en muchas escenas se cortaba. Y daba un pasito atrás, pequeño, casi imperceptible, pero está ahí. Lo más manido (que a mi no me chirrió porque me lo esperaba y no me defraudó, es como cuando vas los domingos a comer a casa de tu abuela, ya sabes lo que va a haber, cómo va a saber y aún así siempre lo disfrutas como si fuera la primera vez y te coges un gran empacho) es el final.
Una vez acabada la película, la parejita salió despotricando sobre ella. Yo me reí abiertamente en su cara y bajé las escaleras con el aire satisfecho de aquel que tras un largo camino, por fin, se puede tumbar en el sofá de su casa. Adoro a este Raimi de serie ¿B?, ¿Z?, ¿W?… ¿a quién le importa la letra?