Peter Pan

Tengo un pasado, un pasado demasiado recordado como para olvidarlo. Me costó llegar a esa conclusión y cuando lo hice me sentí poseída por una exultante sensación mezcla de alivio y congoja. Alivio porque me conozco lo suficiente para saber que tengo el coraje necesario para recordar sin sentirme atada. Congoja porque hacerlo significa ver mi vida, mis momentos más intensos, como si le hubiesen ocurrido a otra; para bien o para mal. Pero no hay otra salida antes de llegar al abismo. Revivir el pasado es perjudicial para mi salud.
Me dije que se acabó y lo cumpliré. Lo sé y por eso estoy tan triste y tensa. Tristemente tensa. Cuando mi nueva vida esté encauzada ,si se encauza algún día, podré recordar. Sin complejos, sin sentir los golpes. Esa es la realidad.
Soy consciente de que mi condición de Peter Pan no tiene mucho sentido, que no se debe dejar pasar la vida, mano sobre mano, que hay algo más que juerga y despreocupación. Lo asumo. Estaba enamorada de mi sentido lúdico, pero con el paso del tiempo estoy madurando, me estoy hartando de tanta fiesta y decidí.
Aunque no me gusta hacer planes más allá del día que estoy viviendo, no me cerraré  puertas, ni dejaré que nadie lo haga. Me ahorraré la degradación progresiva de mi juventud derrochadora, no me convertiré en un reproche con un final pútrido. Me gusta salir, pero no tanto como para dejarme chantajear por ello.
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